Progreso Fernández Bailén era un compañero valenciano al que no conocía personalmente, aunque había oído hablar de él en múltiples ocasiones. Dicho compañero entró en la sala y preguntó a los agentes de la Policía Armada que estaban sentados en la puerta si podía entregarme un paquete de comida. Los policías no pusieron ningún inconveniente. Progreso me preguntó cómo me encontraba y si me hacía falta algo. Le expliqué que tenía la pierna infectada y que necesitaba con urgencia antibióticos para intentar atajar la infección. Progreso me dijo que sin la receta del doctor no podía traer lo que le pedía. Para convencerle pregunté al nuevo responsable de la sala, que estaba presente, si se acordaba del medicamento que me habían prescrito. El aludido, que padecía la misma enfermedad que su predecesor, confirmó lo que yo acababa de decir. Noté en la mirada de Progreso un reflejo de estupor, seguramente al constatar la incapacidad y las insuficiencias de aquel hospital. Me respondió que sin falta traería el medicamento requerido, pero antes pensaba hablar al doctor para que se lo confirmara personalmente.

Todas las mañanas me llevaban al quirófano para cambiar las gasas que estaban empapadas de pus. El practicante de turno introducía en el orificio que traspasaba el muslo una tira de gasa impregnada de un líquido para evitar que se cerrara la herida.

Al día siguiente de la visita de Progreso, la madre superiora me notificó que alguien le había dejado unos antibióticos para mí.

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