Dieron siete campanadas en el reloj del interior, con opaco sonido de tejas. El centinela salió de la garita y se desperezó. Se restregó los ojos. Después, desde la plataforma de hierro, se asomó al exterior. En el borde del recinto tenía la nieve un gran espesor. Contempló el paisaje. Una panorámica muelle y blanca. Bajo la nieve sólo tenían carácter los rasgos físicos del terreno. La luz del día, filtrada a través del cielo blancuzco, ofrecía una tonalidad lechosa. Giró la cabeza. Lo que acertó a ver del penal estaba cubierto de nieve. Hizo una mueca. Luego miró abajo, al pie del recinto. Alargó el cuello y se quedó rígido. Empezó a gritar. Se calló para tomar aliento y continuó gritando. Del interior salieron dos hombres con tricornios, envueltos en capotes verdes, llevando los fusiles por la culata. Avanzaron hundiendo las pesadas botas en la nieve. Llegaron frente a la garita. Desde arriba el centinela les gritaba, les gritó: «¡Ahí!», y señalaba.

Se inmovilizaron. Estaba allí, caída hacia la derecha, cubierta casi del todo con un blanco manto. Contemplaron el rostro lívido, tranquilo. En los entreabiertos labios se había congelado una sonrisa. Vieron una mano pálida, como nacida de la nieve, cerrada sobre algo que no pudieron identificar a primera vista. Uno de los hombres avanzó y apartó la nieve. Apareció el capacho de las provisiones, que ella tenía aferrado por el asa.

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