No a esas fábricas en las que los niños pierden hasta su apariencia de seres humanos en la atmósfera de un infierno industrial, sino a aquellas ventiladas, higiénicas, y por consecuencia, económicas en las cuales la vida humana se tiene en más valor que las máquinas o el deseo de aumentar las utilidades y cuyos modelos, aunque limitados, se van ya encontrando en varias partes: fábricas y talleres hasta los que los hombres, las mujeres y los niños no se verán arrastrados por el hambre, sino atraídos por el deseo de encontrar una ocupación en armonía con sus inclinaciones, y en donde ayudados por el motor y la máquina, elegirán el ramo de actividad que más les satisfaga.
Que estas fábricas y talleres se construyan no para hacer negocio vendiendo cosas inútiles y nocivas a los esclavizados africanos, sino para satisfacer a las necesidades desatinadas de millones de europeos; y entonces los maravillará el ver con qué facilidad y en qué poco tiempo pueden cubrirse nuestras exigencias de vestidos y de miles de artículos de lujo, desde el momento en que la producción se encamine a satisfacer verdaderas necesidades y no a engordar a los accionistas con crecidos dividendos, o a derramar el oro en el bolsillo de los iniciadores o directores. Pronto se sentirán interesados en ese trabajo, y tendrán ocasión de admirar en nuestros hijos su vivo deseo de conocer la Naturaleza.