Se nos objetará que la ayuda mutua, a pesar de constituir una de las grandes fuerzas activas de la evolución y el desarrollo progresivo de la humanidad, es solo una de las diferentes formas de las relaciones de los hombres entre sí; junto con esta corriente, por poderosa que fuera, existe y siempre existió otra corriente, la de la autoafirmación del individuo, no solo en sus esfuerzos por alcanzar la superioridad personal o de casta en la relación económica, política y espiritual, sino también en una actividad que es más importante a pesar de ser menos posible: romper los lazos que siempre tienden a la cristalización y petrificación, que imponen sobre el individuo el clan, la comuna aldeana, la ciudad o el estado. En otras palabras, la autoafirmación de la personalidad también constituye un elemento de progreso. Es evidente que ningún esquema del desarrollo de la humanidad puede pretender ser completo si no se considera estas dos corrientes dominantes. (…) La lucha entre estas dos fuerzas constituye, en realidad, la esencia de la historia. Podemos considerar por esto que la importancia de la personalidad y de la fuerza individual en la historia de la humanidad es enteramente conocida. Sin embargo, la otra fuerza activa -la ayuda mutua- ha sido relegada hasta ahora al olvido completo.

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