He aquí por qué una sociedad libre, si viera aumentar en su seno el número de holgazanes, pensaría sin duda en investigar la causa de su pereza para tratar de suprimirla antes de recurrir a los castigos. Cuando se trata, según ya hemos dicho, de un simple caso de anemia, antes de anemia la ciencia del cerebro del niño, dadle ante todo sangre, fortalecedle para que no pierda el tiempo, llevadle al campo o a orillas del mar. Allí enseñadle al aire libre, y no en los libros, la geometría, midiendo con él las distancias hasta los peñascos próximos; aprenderá las ciencias naturales cogiendo flores y pescando en el mar; la física fabricando el bote en que irá de pesca. Pero, por favor, no llenéis su cerebro de frases y lenguas muertas. ¡No hagáis de él un perezoso!
¿No veis que con vuestros métodos de enseñanza, elaborados por un ministerio para ocho millones de escolares, que representan ocho millones de capacidades diferentes, no hacéis más que imponer un sistema bueno para medianías, imaginado por un promedio de medianías? Vuestra escuela se convierte en una universidad de la pereza, como vuestra prisión es una universidad del crimen. Liberad la escuela, abolid vuestros grados universitarios, llamad a los voluntarios de la enseñanza, comenzad así en vez de dictar leyes contra la pereza que no harán sino reglamentarla.
Dad al obrero que debe ceñirse a fabricar una minúscula parte de un artículo cualquiera, que se ahoga junto a una máquina de taladrar que concluye por aborrecer, dadle la probabilidad de cultivar la tierra, derribar árboles en el bosque, correr en el mar contra la tormenta. Pero no hagáis de él un perezoso, obligándole toda la vida a vigilar una maquinilla de punzonar la cabeza de un tornillo o agujerear el ojo de una aguja.