Cuando llegamos al descampado, el mundo se había convertido en una máquina tragaperras y alguien lo fue vaciando hasta convertirlo en una superficie llena de trampas como la selva africana o los desiertos. Hasta los millonarios, la gente guapa, eran carne de cañón en las noticias de la televisión. No sé qué habría pensado Lucio con sus adivinaciones las tardes de Interviú y Marcial Lafuente Estefanía. Los rascacielos de las playas con mondadientes en los ratos familiares llenos de aburrimiento. Bancarrota total, le dije a Lomax a los pocos días de nuestra llegada. Todo se va desmoronando, dijo. Como en una marabunta de termitas convirtiendo en ruinas la mansión y las plantaciones de tabaco que salían en una película del Varietés cuando nadie pensaba que algún día sólo quedaría Antonia en la ventanilla donde vendía las entradas. Me acuerdo mucho de Marsé, de cómo aprendimos lo que era el exilio, de lo que cuesta, cuando se ha perdido, contar una derrota. Recuerdo cuando en el barrio alguien hablaba del futuro, del día en que no sé quién dijo que el futuro no existia y que si existía seguro que era una trampa. Las calles que se juntan en el parque, el reloj de sol que era como la maquinaria extraterrestre que sólo Chispa y sus héroes de los tebeos entendían. Escribir nunca se me hubiera ocurrido y mucho menos si la historia iba a ser la nuestra, nuestra historia. Las no vidas, lo mejor de cada casa. Tantos años después, el encuentro con Mohamed, de quien nunca había hablado porque en medio de la invisibilidad siempre hay gente que se lleva el premio de ser la más invisible, la que más está condenada a la derrota. El negro del barrio, el único que consiguió salvarse del futuro en un relato que como siempre se moverá entre lo que pasó de verdad y lo que con la escritura imaginamos. El día que le dije a Lola que iba a escribir la vida del barrio se puso a reír, me apretó la cabeza entre las manos y yo pensé que me la iba a retorcer como Búnker a Silvio una noche de hace cien mil años por lo menos. Mañana te traeré de la papelería una libreta, un lápiz y una goma de borrar, y se puso a sacarle el polvo a la mesa que había usado Lomax para anotar las entradas y salidas de los autobuses cuando llegamos al descampado.