No obstante, llegué a sentir respeto e incluso cierta admiración por esos pueblos extranjeros, tan distintos de los romanos, con los que tuve que tratar. Los hombres de las tribus del norte, con sus cuerpos medio desnudos enfundados en pieles de animales que ellos mismos habían matado, y que me miraban fijamente a través del fuego de la hoguera de un campamento, no eran muy distintos de los africanos de tez oscura que me recibían en unas villas cuya opulencia eclipsaría la de muchas mansiones romanas. Y el jefe persa, con su turbante, sus barbas cuidadosamente rizadas, sus curiosos pantalones y sus capas bordadas don hilo de oro y plata, que me observaba con los ojos vigilantes de un felino, tampoco era muy distinto del salvaje jefe númida que comparecía ante mí con su jabalina y su coraza de piel de elefante, su cuerpo de ébano envuelto holgadamente en la piel de un leopardo. En determinados momentos di poder a aquellos hombres, los nombré reyes de sus tierras, les otorgué la protección de Roma, e incluso les concedí la ciudadanía para que la estabilidad de su reino contara con el respaldo del nombre de Roma. Eran bárbaros, no eran de fiar, y, sin embargo, las más de las veces hallaba en ellos tantos motivos de admiración como de desprecio. Y el hecho de conocerlos me ayudó a comprender mejor a mis propios compatriotas, que a menudo me han parecido tan extraños como cualquiera de los pueblos que habitan el mundo.

Bajo el perfume y el peinado del galán romano que pasea por su cuidadísimo jardín ataviado con su toga de seda de inestimable valor, se aloja el zafio campesino que camina detrás de su arado, ungido del polvo que levanta con su trabajo. Oculta tras la fachada de mármol de la mansión romana más opulenta se halla la cabaña del campesino, con sus techos de paja. Y en el interior del sacerdote que oficia el solemne ritual para el sacrificio de la novilla blanca, se encuentra el padre trabajador que provee a su familia de carne y de ropa con que protegerse contra el frío del invierno.

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