Sebastián se despertó sin sobresaltos. Por las rendijas del balcón penetraban unos pálidos haces de luz que permitían descubrir las sombras de los muebles. Se oía el correr destartalado de un carruaje por la calle y el gopeteo de los cascos de las caballerías que lo arrastraba. De la calle ascendían, también, los rumores y gritos desmesurados de un grupo de escolares.
Sebastián sacó sus cortos brazos del embozo y se estiró por dos veces. Hacía frío. Notó el frío mordiéndole las pequeñas y deformadas manos y volvió a esconderlas bajo las mantas. Era éste, para Sebastián, el único momento feliz del día. Veinte años llevaba pensando, cada mañana, al despertar, que aquel día podría traerle un cambio radical en su existencia. Jamás se le ocurrió presentir en qué consistiría ese cambio. Se conformaba con anhelarlo, en la esperanza vana de que fuese algo renovador, algo que le apartase de la triste monotonía de su vida regular y gris.
La punta de la nariz se le enfriaba y al exhalar fuerte una bocanada de aire advirtió que se congelaba en la atmósfera formando una tenue nubecilla blanca. El frío había venido con prisas este año. No hubo lluvias otoñales y quizá por ello llegó el frío a la ciudad con una considerable anticipación. Era la época de los sucedáneos y Sebastián pensó que, a fin de cuentas, el frío constituía una buen sustitutivo de la humedad.
Paulatinamente Sebastián fue despabilándose del todo. Recordó entonces el sobre azul que dejara al acostarse sobre la desvencijada mesilla de noche y sonrió. «Ya decía yo que hoy tenía un motivo para estar contento», se dijo. Y, alargando la mano, recogió el sobre y tornó a introducirla debajo de las mantas.
Acariciaba el papel con una delectación singular, como si dentro se ocultase aquel maravilloso e inconcreto cambio que esperaba en su existencia. ¿Y por qué no iba a ser así?
El señor Suárez le decía que pasase hoy por su despacho, que necesitaba hablarle. En realidad, el señor Suárez no tenía que decirle más que «sí» o «no»; pero, por lo visto, prefería decirle el «sí» o «no» de palabra y cara a cara. Esta idea deprimió a Sebastián. Cuando me vea dirá «no», aunque antes haya pensado que «sí», imaginó descorazonado. Y acarició nuevamente el sobrecito azul como si así, extremando las caricias, aumentasen sus probabilidades de éxito. «Bueno, lo que sea sonará», se animó; y dando una patada a la ropa se tiró de la cama.