El hombre, ser que vive y piensa a la vez, para realizarse debe conocerse primero. Esa es la causa del inmenso retraso que observamos en su desenvolvimiento. (…) Se diría que, en la investigación de sí mismo, a través de todas sus peregrinaciones fisiológicas e históricas, el hombre ha debido agotar todas las torpezas y desgracias posibles antes de haber podido realizar lo poco de razón y de justicia que reina hoy en el mundo.
El último término, el fin supremo de todo desenvolvimiento humano, es la libertad. J.J.Rousseau y sus discípulos se equivocaron al buscarla en los comienzos de la historia, cuando el hombre, privado de toda conciencia de sí, y por consiguiente incapaz de formar ninguna especie de contrato, sufría plenamente el yugo de esa fatalidad de la vida natural, a la cual se encuentran sometidos todos los animales, y de la cual el hombre no pudo emanciparse, en un cierto sentido, más que por el uso consecutivo de su razón que, desarrollándose con mucha lentitud, es verdad, a través de la historia, reconoció poco a poco las leyes que rigen el mundo exterior lo mismo que las que son inherentes a nuestra propia naturaleza, se las apropió por decirlo así, transformándolas en ideas, e hizo que, aun continuando obedeciendo esas leyes, el hombre no obedeciese más que a sus propios pensamientos. Frente a la naturaleza está para el hombre la única dignidad y toda la libertad posible. No habrá nunca otra; porque las leyes naturales son inmutables, fatales: son la base misma de toda su existencia y constituyen nuestro ser, de manera que nadie podría rebelarse contra ellas sin llegar absolutamente al absurdo y sin suicidarse seguramente. Pero al reconocerlas y al apropiárselas por el espíritu, el hombre se eleva por encima de la obsesión inmediata del mundo exterior, después se convierte en creador a su vez, no obedeciendo en lo sucesivo más que a sus propias ideas, lo transforma según sus propias necesidades progresivas inspirándole, en cierto modo, la imagen de su humanidad.