Ascendieron el segundo tramo del tejado por la vertiente que daba al gran patio, y, junto a la enorme chimenea de la cocina, un pájaro surgió debajo de una teja y emprendió despavorido vuelo. Román pretendió seguir el vuelo del pájaro con ojos ciegos, pero aceleró la ascensión cuando Bescós se volvió para repetir con acento quedo: ten cuidado. Vamos.
Cuando empezó el descenso por la otra vertiente divisaron la silueta de Millán, recortándose oscuramente sobre uno de los arcos de la torre.
«Mirad», dijo Millán, en un susurro, cuando llegaron, y los llevó al arco exterior, sobre el jardín delimitado por los pabellones de los funcionarios y del cuerpo de guardia. Millán les indicó alternativamente la posición de las dos garitas de la guardia, flanqueando el jardín, y, enfrente, hacia el lateral izquierdo, junto al oscuro rincón, el punto exacto a alcanzar. Por aquella parte, el pabellón sólo tenía un piso. De acuerdo con las precisas descripciones anteriores que hiciera Millán, el pabellón disponía de ventanas enrejadas, pero las rejas eran tanto verticales como horizontales, por lo que constituían una escalera natural de acceso. Millán describió de nuevo brevemente la ornamentada fachada exterior de la iglesia: tres grandes tramos ornamentales divididos por los salientes de las repisas. El objetivo, las repisas. Se deslizarían pegados al entrante izquierdo de la fachada, y ocultos por este hecho, a la garita de la izquierda. El saliente derecho del muro les garantizaba contra el centinela del mismo lado. El peligro empezaba abajo, a la hora de franquear la ancha franja luminosa bajo los potentes focos, para alcanzar el pabellón y lanzarse a la calle.