Me embriagué con euforia en las Camelias. Afirmé mi robustez golpeando de forma sanguinaria al marcador del Trony. Sacié la carne con sabrosos amoríos en la plaza de la Erva; deambulé cantando fados a la luz de la luna. Usaba bastón, y como la barba me salió cerrada y negra, acepté con orgullo el apodo de «Raposao». Cada quince días, sin embargo, escribía, con buena letra, una carta humilde y piadosa a la tía, en la que le hablaba de la dureza de mis estudios, del recato de mis costumbres, de la continuas oraciones y de los estrictos ayunos, los sermones que iba a escuchar, de los dulces alivios por las tardes, en el Corazón de Jesús, en la Sede, y de las novenas con las que consolaba a mi alma en Santa Cruz en la tranquilidad de los días de fiesta…
Los meses de verano que pasaba en Lisboa eran dolorosos. No podía salir ni a cortarme el pelo sin implorar permiso a la tía de forma servil. No me atrevía a fumar durante el café. Debía quedarme en casa por la noche; y, antes de irme a la cama, tenía que rezar con ella un eterno rosario en el oratorio. ¡Yo mismo me condenaba a aquella odiosa devoción!
-Tú, en la universidad, ¿sueles rezar el rosario? -me preguntaba la tía con frialdad.
Y yo, con una vil sonrisa, le decía:
-¡Por supuesto! ¡Es que, si no he rezado mi rosario, ni puedo ni dormir!