Vuelvo a Claudio Magris o al título del artículo de Claudio Magris sobre Marco: «El mentiroso que dice la verdad»; vuelvo a Vargas Llosa, quien sostiene que todas las novelas dicen una verdad a través de una mentira -una verdad moral o literaria a través de una mentira factual o histórica- y que por lo tanto el novelista es un mentiroso que dice la verdad, y quien, en su artículo sobre Marco, sostiene asimismo que nuestro hombre es un fabulador genial, y le da la bienvenida al gremio de los novelistas. ¿Pretenden Magris y Vargas Llosa absolver con sus artículos a Marco, como les reprocharon algunos? ¿Es Marco un novelista y no son históricas sino novelescas sus mentiras y sus verdades? Y, si Marco es un novelista, ¿qué clase de novelista es? Resulta imposible tratar de responder a estas preguntas sin responder a una doble pregunta previa: ¿es mentira una novela? ¿Es mentira una ficción?
Desde Platón hasta Bertrand Russell, toda una línea del pensamiento occidental ha acusado a los autores de ficciones de estar muy lejos de la verdad, de propagar falsedades, y de ahí que Platón los expulsase de su república ideal. Por supuesto, una falsedad no es una mentira -una mentira es peor que una falsedad: es una falsedad intencionada-, pero, hartos de ser considerados enemigos de la verdad, y quizás hartos también de las mentiras que se dicen en nombre de la verdad, al menos desde Oscar Wilde muchos creadores han reivindicado, desafiantes, su condición de mentirosos: en La decadencia de la mentira, Wilde afirmaba que «mentir, contar cosas hermosas y no verdaderas, es el auténtico objetivo del Arte», y Orson Welles declara al final de F for Fake: «Nosotros, los mentirosos profesionales, esperamos ofrecer la verdad; me temo que el nombre pomposo que tiene es arte. El mismo Picaso lo dijo: «El arte es una mentira; una mentira que nos hace ver la verdad»». Así que, cuando Vargas Llosa titula La verdad de las mentiras un ensayo que en realidad es una teoría de la novela -quizá recordando un relato autobiográffico de Louis Aragon titulado Le mentir-vrai, que también tiene mucho de teoría de la novela-, no está haciendo otra cosa que acogerse a una ya larga e ilustre tradición de disidentes. Sea como sea, esa expresión poliédrica y felizmente paradójica ha provocado muchas críticas, a veces un tanto simples.»Sólo con la novela puede llegarse a la verdad», escribió Stendhal, y nadie o casi nadie duda de que las ficciones proponen una verdad: una verdad huidiza, profunda, ambigua, contradictoria, irónica y elusiva, una verdad no factual sino moral, no concreta sino universal, no histórica o periodística sino literaria o artística; pero muchos niegan que las ficciones sean mentira.»