El hecho real es que el anarquismo no puede presentarse de un modo discreto o convencional, y los que lo aceptan no pueden pretender ser los conductores de la felíz Arcadia. El camino de la anarquía no está trazado matemáticamente ni sembrado de flores. Es un sendero abrupto que requiere esfuerzos sostenidos. El anarquista empieza a ser combatido por su propia familia; no siempre es comprendido por sus camaradas; está en desacuerdo con su patrón, mal visto de sus vecinos y desconsiderado generalmente. La cárcel le amenaza continuamente; está bajo la vigilancia policíaca y los soplones contribuyen a veces a que sea despedido de su trabajo. ¿Quiere hacer un poco de propaganda agresiva? Persecuciones y años de prisión le esperan. En la rebelión contra los prejuicios morales, también ha de armarse de valor. Comenzando por iniciar a una joven en las primeras caricias, la que se le entrega en plena voluntad, acto natural entre todos, el anarquista se expone a ridículas denuncias por corrupción de menores; continuando por la amenaza constante de ser acorralado si afecta o se contenta de hacer silenciosamente una vida que choca más o menos violentamente con las ideas recibidas en materia de respetabilidad; si se permite usar vestidos que no estén de acuerdo con la moda, o frecuenta gentes que desagraden a su portera; acabando, en fin, por ser renegado de todos, considerado como un oprobio del mundo y un despojo social. No hay acuerdo posible entre el anarquista y todo medio reglamentado por las decisiones de una mayoría o por los votos de una elección. Contra él se levanta la sociedad toda. Lucha por la libertad de exponer la idea, por la de vivir; lucha por el pan, por el saber; lucha incesante que dará goces profundos y en la que se tendrá, acaso, la inapreciable satisfacción de ver caer alguna piedra angular y vacilar el edificio social, pero lucha al fin y al cabo.

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